


Que me apetecía escribir una entrada antes de irme al sur, así que...
Bien. Y, ahora, ¿de qué narices hablo?
Ah, sí; mi aburrimiento. Porque es bastante obvio que me aburro un montón.
Por eso me voy. Por eso me largo todos los años, de hecho. Porque lo necesito. Necesito alejarme de todo. Y, ¿qué mejor manera que largarse... lejos?
(La foto es de un fotógrafo del que me estoy haciendo fan - véase la entrada anterior -, Phoenix Taylor, y de un actor/músico del que ya lo soy)
Y eso.
Y, señoras y señores, en un arranque de locura, ahí va un fragmento muuuy chiquitito de una historia en la que estoy trabajando. (¿)Disfrutadla(?)
Esta maldita vida aburrida. Más me vale que caiga una maldita bomba en el maldito manicomio, sólo para darle un poco de emoción al asunto.
Si alguien por ahí piensa que vivir en un loquero es divertido, no sabe cuán equivocado está. Los locos son entretenidos cuando los miras un rato, pero luego empiezas a deprimirte, porque su locura no acaba, no tienen ni una pausa. Y eso es muy triste.
Así que desvías la mirada, y mientras imploras al cielo por una botella de whiskey y una cajetilla de cigarrillos tratas de olvidar lo locos que están todos - incluyéndote - y buscas algo más que hacer. Pero, claro, ¿qué? Porque no penséis que tenemos club de golf aquí dentro.
Esperas. Esperas, esperas, y esperas en silencio a que algo llegue, llame tu atención y te distraiga, por favor. Pero nada pasa. Oh, Dios, voy a morir aquí, y será de aburrimiento. ¿Cúanto tardaré? Mucho no, gracias. Y que sea leve.
Y entonces te das la vuelta y miras con cara de mala leche a todos los desdichados locos que te rodean, y deseas descargar tu furia contra algo, y lo que más cerca tienes es un cojín así que te dedicas a golpearlo hasta que te suplica que pares por toda la corte celestial, y ahí es cuando empiezas a darte cuenta que no es un cojín sino la abusltada barriga de un demente.
Vaya, qué bajón de tensión.
Y que no sirva de precedente.
