"I might look fucking crazy, but damn it feels good to dance, it makes me feel cold like the sun and other sorts of marvelous impossibilities". (Spencer Bell)
miércoles, 3 de julio de 2013
Once upon a time in the west.
miércoles, 1 de febrero de 2012
ME-NO-ME-NA is the word.
Pero creo que hago muuuucho mejor a este perro mundo si lo ignoro por unos instantes y me sumerjo en mi propio universo. Juuujujuju.
Allá vamos.
Introducción:
Nota del autor
Yo tengo, yo tengo, yo tengo un mundo interior muy grande. Algunos científicos lo llaman "mi mente", pero suena soso. A mí me gusta llamarlo Never Wanderland, pero me gusta aún más no llamarlo. Pero Never Wanderland al menos suena bonito.
Never Wanderland es... difícil de describir. Tal vez debería hacer un mapa, como el que aparece en la primera página de El Señor de los Anillos (¿la he cagao, o había de verdad un mapa...? Me suena que sí). Tal vez debería hacer una descripción como la que se hace de los lugares: dividirlo en zonas, explicar las características de cada una de ellas. Tal vez debería hablar en plan serio como un científico serio, pero soy más tirando a científico loco, así que voy a hacerlo a mi manera; como si fuese un lugar, pero teniendo presente que esto es una metáfora; dentro de mi cráneo no hay un país, sino un montón de cosas viscosas y asquerosas.
Y es que es muy difícil hablar de Never Wanderland como un lugar, porque, no lo olvidemos, estamos hablando de una "mente". Además, hay que tener en cuenta que quien escribe lo ha conocido toda su vida, sin preguntarse jamás qué o cómo era. Esto dificulta el trabajo, es como tratar de describir... a un amigo al que conoces desde que eras un enano. Oyes la descripción que hacen otros de él y no lo reconoces en sus palabras, pero entonces reflexionas y piensas: "cielos... eso es cierto".
En fin, sin más preámbulos, describamos un poco, superficialmente, este lugar popularmente conocido como (no, no muy popularmente) "Never Wanderland".
Comencemos por el comienzo. O mejor; por donde nos dé la real gana.
domingo, 29 de enero de 2012
Donnie and Greg (part II)

La miró fijamente mientras hablaba.
La llamada siempre llegaba a aquellas horas, y, después de recibirla, “daba la casualidad” de que tenía que volver al trabajo por la noche por un asunto urgente.
Hasta entonces se había quedado al margen, fingiendo ser crédulo y carente de sospechas malpensadas, pero ya estaba cansado de que se riese de él en su cara y jugase con lo que ellos tenían, algo cada vez más extraño, antinatural e incierto.
Se acercó a ella, que reía en el sofá con los ojos brillantes, y se sentó a su lado, dispuesto a hacerse notar. Ella ni siquiera le dedicó una mirada.
Iba a rendirse, cansado de fingir ser fuerte y valiente, pero entonces pensó en la cara que pondría Greg en su próximo encuentro. Le restregaría su cobardía por la cara, se reiría, incluso puede que le propinase una colleja.
Se armó de valor entonces y se acercó a ella, dispuesto a hacerse oír por fin, pero de pronto sintió como si perdiese el pie y cayese por un agujero muy estrecho y profundo. Desapareció ella, el sofá, el salón entero, y todas las luces y ruidos de la ciudad fuera, más allá del balcón.
No sintió nada durante el descenso; fue como si su mente se vaciase y sólo fuese capaz de disfrutar de la sensación de que la tierra le succionaba, de que el viento trataba de agarrarle, pero no tenía fuerzas suficientes y le dejaba caer a los siguientes brazos etéreos que lo intentasen y de nuevo fallasen.
Pero entonces golpeó el suelo, y su cuerpo hizo un ruido realmente extraño. No fue un “crack” ni un “pum”, fue más bien un abanico de sonidos de platillos, bombos y teclas de piano; una orquesta chocando contra el terreno.
Se levantó, se sacudió el polvo que se había quedado adherido a su ropa y miró alrededor. El agujero negro se alargaba en un estrecho túnel oscuro hacia ninguna parte. No tenía ningún otro lugar adonde ir, así que emprendió la marcha por el siniestro corredor.
Caminó y caminó hasta que sintió que las piernas pedían un descanso, y entonces se dejó caer al suelo polvoriento; tampoco tenía nada mejor que hacer que descansar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de su corazón. Sonaba como un tambor enloquecido – boom, boom, boom, una, y otra, y otra vez –. Se preguntó si alguna vez se cansaría y se tomaría unas vacaciones para después volver y encontrárselo todo muerto.
Entre aquellos extraños pensamientos, una luz amarillenta atravesó sus párpados y los abrió, entrecerrándolos después por la excesiva luminosidad que había tomado aquel mundo. Se sentó sobre la arena que ahora cubría el suelo y contempló un amanecer estrafalario, con un sol negro que se escondía y una luna amarilla verdosa que se alzaba en el horizonte. Le pareció que el astro verdoso se jactaba del oscuro, sonriéndole con suficiencia. Tal y como Greg solía hacer.
Greg. ¿Dónde estaría él ahora? Tenía que enseñarle aquel lugar tan extraño. Seguro que le fascinaría y daría a pie a infinidad de cavilaciones estrafalarias de su excéntrica mente.
Algo empezó a tirarle de la camisa y se giró. Allí había una pequeña esfera morada que llevaba a cuestas infinidad de objetos pequeños y extraños: una taza de café en la que estaba escrito “HOY ES LUNES; DISFRÚTALO, NENA”, un zapato de tacón, una letra “a” minúscula bajo el cobijo de una “A” mayúscula, un frasco de perfume caro, un alfiler, una seta roja y blanca, una palabra subrayada, una flor mustia...
Alargó la mano hacia la flor, que parecía haber sido bonita antaño, pero algo le pellizcó y le hizo retirarla. Enfadado, tiró del alfiler para ver bien lo que cargaba con tantas cosas, y vio que se trataba de un ojo vivaracho y curioso, de color negro y mirada inquieta, y que el alfiler era sólo una de tantas pestañas rectas y pinchudas.
Una de las pestañas se clavó en su dedo y le hizo soltar al ojo, lanzándolo lejos de si. Él comenzó a correr gracias a unos pies enormes y feos, con las uñas pintadas, que le daban a su andar un aire de pingüino.
Iba a levantarse cuando una ola de ojillos maliciosos surgió de la nada y se lanzó sobre él, las pinchudas pestañas por delante. Se encogió sobre si mismo mientras recibía miles de pinchazos por todo el cuerpo, y tuvo miedo, miedo de aquellos ojos que le miraban con desprecio.
Pero, entonces, una ráfaga de viento se llevó a todos los ojos con todos sus alfileres, setas, tazas, palabras subrayadas y demás. Él se quedó allí tendido, respirando con dificultad y temblando, durante unos minutos, pero luego oyó un murmullo y alzó la cabeza.
Allí había un ser muy extraño, aunque nada se lo parecía allí. Tenía cuerpo de cebra y una cabeza grande y abultada, en ella una caricatura de rostro humano con ojos pequeños una redonda nariz.
– Gracias – susurró él. Su voz sonaba extraña allí, como si estuviese hablando a través de un micrófono de mala calidad que fuese perdiendo energía a medida que hablaba.
El ser abrió una boca exagerada y llena de hileras de dientes blancos y cuadrados hasta donde alcanzaba la vista, cogió aire y soltó una serie de pitidos insistentes y molestos.
Él se tapó los oídos, trató de huir del sonido, pero éste acabó venciéndole, y una fuerza sobrenatural tiró de él hacia el cielo, donde la luna verdosa aún reía, medio desdentada, y el sol negro se alzaba más y más con expresión resignada en su faz.
martes, 24 de enero de 2012
What the fuck...?

How did I get here...?
How did I get to love this...?
Me, that I was a weirdo...
Me, that I used to cry for hours
How did I get here,
and why isn't it enough?
............................................
1.
– Lo ha vuelto a hacer.
Greg asintió y esbozó una mueca de suficiencia.
– Te lo dije, ¿no es cierto?
Él torció la boca; detestaba que siempre tuviese la razón y que siempre se lo restregase. Habría dado cualquier cosa por haber podido tener la oportunidad de vivir aquello, aunque sólo fuese una vez.
Pero la suerte sólo sonreía a su camarada, nunca a él.
– Don, ¿te lo dije o no? – instó Greg.
– Sí, sí, me lo dijiste, y tenías razón – respondió él, a regañadientes –. Sabes que odio que hagas eso.
– Y sabes que por eso precisamente lo hago – sonrió Greg.
Donnie resopló. Debería empezar a buscarse amigos nuevos, amigos con menos fortuna que él, menos inteligentes, menos agraciados. Amigos que no le restregasen por la cara lo idiota que era.
– Bueno, pues no necesito que nadie más me trate como si fuese basura, ¿de acuerdo? Con una persona así en mi vida es más que suficiente.
Se levantó, dispuesto a irse en la busca de un amigo más desgraciado que él, pero Greg le retuvo.
– Eh, tío, espera – dijo –. Cuéntame, ¿qué ha pasado esta vez?
Él le miró, como considerando si merecía o no saberlo. Finalmente, suspiró y se dejó caer en el taburete de nuevo. Ladeó la cabeza y miró el letrero con luces que brillaba en la pared, que decía “Nowhere man” en honor a los Beatles. Una de las luces titilaba, como a punto de apagarse. Donnie llevaba mucho tiempo yendo a aquel lugar, y aquella luz nunca se había apagado o sido reemplazada.
Ladeó la cabeza, buscando las palabras que decir.
– Estábamos cenando. Bueno, ella por su lado, y yo por el mío, como siempre.
– Sí, siempre ha sido muy independiente. Cosa mala – gruñó Greg.
– Pues eso; ella estaba en el salón cuando le llamaron al móvil.
Se quedó en silencio unos instantes, sólo para crear expectación.
– Lo cogió y se puso a hablar de ese modo... Ya sabes, como cuando hablaba conmigo antes de casarnos.
– ¿Quieres decir... sonriendo, mirando al infinito y jugueteando con un mechón de su pelo?
– Exacto – suspiró él.
Greg soltó un suspiro exasperado.
– Esa maldita zorra – gruñó.
– N-no nos precipitemos – se apresuró a decir él –, quizás la haya malinterpretado, quizás me esté volviendo excesivamente paranoico...
Greg le miró de nuevo con ese aire de suficiencia y compasión.
– ¿Y con quién hablaba, si no?
– Puede que... con su madre – murmuró él, aunque sabía que era la excusa más pobre que podría haberse inventado. Por algo era una improvisación. “Nunca improvises”, solía decirle su padre, “prepara las excusas con antelación, o tu mujer se te comerá vivo. Créeme; es la única manera de sobrevivir al matrimonio”.
Pero Greg no era su mujer, y ninguna excusa, por bien formada que estuviese, era válida con él, y menos aún aquella bazofia.
– Su madre – se jactó –, claro, cómo no. Vaya, visto eso, quizás deberíais poner una foto de tu suegra en el dormitorio, visto lo visto...
– No sigas – cortó él, previendo un final obsceno o insultante de la intervención de su camarada.
– Está bien; si tú averiguas a quién llama con tanto... interés.
– No le llamó ella... – empezó él, pero, al ver la expresión en la cara de Greg, guardó silencio.
Se disponía a marcharse cuando Greg le llamó, esbozando una torva sonrisa.
– Don.
– ¿Sí?
– Nunca se es demasiado paranoico.
viernes, 20 de enero de 2012
Ain't no grand solution, just a cockroach revolution!
Yo nunca fui a la Universidad.No quería formar parte de esta farsa, de este montaje global. La vida es demasiado preciosa para perderla imitando las vidas de los demás. Si hubiese sido una persona normal, habría estudiado durante veintitantos años sin aprender nada, después habría buscado trabajo, me habría comprado una casa, un coche, me habría casado y tenido hijos, habría engañado a mi mujer y habría muerto como uno más.Pero no quise. La gente me decía que era arriesgado no seguir el camino señalado, que había que seguir las huellas de los que habían vivido antes que yo, que acabaría tirado en la calle pidiendo para poder drogarme y así evadirme de mi triste y desastrosa vida.
Pero eso no fue lo que pasó.
- Y ahora estás encerrado en un psiquiátrico.
- Ya, es un pequeño fracaso para mí; es lo menos original que he hecho en mi vida. Un triste final... ¿no crees?
sábado, 8 de octubre de 2011
Poison Oak part two
1
Polly cerró la puerta tras ella y miró a Gabriel con gravedad. Él respiraba con dificultad y se había llevado las manos a la cabeza, y tenía los ojos muy abiertos, como si tratase de capturar la máxima cantidad de imágenes posibles antes de que la tragedia sucediese.
Polly se acercó a la cocina a por las pastillas, mordiéndose el labio inferior, preocupada. Sabía perfectamente dónde estaban; no era la primera vez que se las daba. No sabía cuántas necesitaría, por lo que cogió el bote entero y se acercó a él.
No tenía buena pinta; estaba medio agachado, de espaldas a ella, y su pecho se hinchaba y deshinchaba rápida y entrecortadamente. Le puso la mano en el hombro. Él estaba temblando como un flan, así que se apresuró a sacar una pastilla del bote.
– Gabriel – dijo –, toma…
Él giró bruscamente, tanto que tiró el golpe de pastillas abierto al suelo. Polly le miró a los ojos y vio que ya no enfocaba la mirada y sus pupilas se movían frenéticamente, tratando de aferrarse a la luz.
– ¿Puedes verme? – dijo ella.
– N… no… sí. Un poco… – su voz se quebró, llena de angustia, y se llevó las manos a la cara.
– Gabriel…
Ella intentó abrazarle, pero él la rechazó.
– Polly, no… vete.
Ella bajó los brazos, suspirando.
– ¿Cómo dices…?
– Quiero que te vayas, ¿estás sorda?
Polly no podía creérselo. Llevaba dos meses cuidando de él, apoyándole cada vez que sufría una crisis, ayudándole cada vez más a medida que iba perdiendo la vista. Sabía que él era algo arisco y difícil, que tenía mucho carácter, y que llegaba a ser hasta huraño a veces, pero siempre se había mostrado diferente con ella, agradecido. Pero, ahora…
– No pienso irme. He pasado a tu lado… meses… soportando todo esto, y no puedes echarme así.
– Polly, te he pedido que te vayas, no que me cuentes tu vida, así que sólo lárgate.
– ¿Cómo puedes ser así? Me debes… ¡me debes muchísimo!
– ¿No debería ser yo quien dijese eso?
Polly se llevó las manos a la cabeza, intentando encontrar algo racional que decir entre las palabras que se arremolinaban, desordenadas, en su cabeza.
– ¡Eres, eres… idiota! ¡Deja ya de intentar alejar al mundo de ti, esto no es un concurso de a ver quién es más tozudo así que deja ya de ser así de… masoquista!
Él apartó las manos de su cabeza y gritó:
– ¡Polly, cállate de una vez y déjame solo! ¡Estoy harto de ti, te he soportado porque… no sé por qué, pero ya me he cansado así que lárgate de una maldita vez!
Le miró. La cara de ella estaba teñida de tristeza, sus ojos llorosos. Entonces, ella asintió, dejó la pastilla que aún tenía en la mano sobre una mesa y se marchó, cerrando la puerta de un portazo tras de si.
Fue lo último que vio él en su vida.
Se dejó caer al suelo, temblando, y se hizo un ovillo en una esquina. Al fin había llegado, tras meses de agonía a la espera de que finalmente sucediese; allí estaba el mayor de sus demonios, había llegado oportunidad de encararlo por vez primera.
Y, por fin, allí estaba, y estaba, por fin, solo.
Se dejó caer al suelo, lleno de angustia por no poder ver ni tan siquiera una rendija del mundo, por el saber que tendría que enfrentarse al demonio, al que tanto había temido desde que supo que existía y que había esperado, pacientemente, a hacer su aparición, cada día durante el resto de su vida.
Olía a café, y escuchó el sonido de la cafetera rebosante en la cocina, acompañado por el sonido agitado de su propia respiración.
No, ésa no era su respiración. La suya sonaba más tenuemente y más lenta. Aquella era demasiado rápida y profunda…
Hubo un sonido de algo duro chocando contra el suelo, y la respiración se acercó, tanto que podía sentir un aliento en la cara. Deseó poder ver lo que tenía delante, quiso alargar la mano para saber qué era, pero estaba tan asustado que sus brazos no le respondían, así que se quedó quieto, esperando a que algo sucediese.
Entonces, se oyeron los mismos ruidos contra el parqué y la respiración se alejó hasta desaparecer.
Permaneció allí un lapso de tiempo que le pareció eterno. Entonces, se levantó, lentamente, apoyándose contra la pared. Caminó con los brazos extendidos para no chocarse, aunque tropezó en varias ocasiones, hasta la mesita donde estaba el teléfono.
Entonces, oyó otra respiración, esta vez a la altura de su nuca. No era Polly; no olía como ella, sino que tenía un olor extraño, como de hierba recién cortada y tierra húmeda… Notó que algo – ¿unos dedos, tal vez…? – suave y frío le rozaba la nuca…
Se quedó muy quieto, esperando algo, pero, de nuevo, la respiración desapareció, esta vez acompañada con un sonido de pasos.
Descolgó el auricular del teléfono. Le costó concentrarse en los números en relieve para marcar, pero al final lo logró, y no tardó en escuchar una voz al otro lado de la línea.
– ¿Hola? ¿Quién es?
– ¿Mamá? – murmuró él.
Se produjo un breve silencio. Gabriel pudo imaginarse a su madre apretando los labios, sorprendida.
– Gabriel.
Él tragó saliva y respiró hondo. Hacía mucho que no hablaba con su madre, y había muchas cosas que se moría de ganas por decirle, pero la angustia de estar sumergido en la oscuridad le impedía pensar con claridad, y todo lo que pudo hacer fue tratar de que su voz no sonase temblorosa al hablar.
– Mamá, ha sucedido.
domingo, 11 de septiembre de 2011
El imaginario del Señor Cellophane.
viernes, 13 de agosto de 2010
Y eso.



