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miércoles, 3 de julio de 2013

Once upon a time in the west.




Es catorce de febrero y Jaimie está hasta las narices. Todo es rosa, azúcar, chocolate, flores, estupideces. ¿Qué narices importa? Como si todo eso vaya a durar. Todo el mundo sabe que las parejas no duran. Se cansan en un momento u otro. Ella ni siquiera cree que exista el amor de verdad.
No tiene amigos. ¿Qué narices importa eso, tampoco? Los amigos también se cansan. Se cansan y la dejan sola, como si fuese un juguete viejo y ajado. A ellos tampoco les importa. Le hacen mucha gracia todos esos seres humanos hipócritas de mierda; les parece increíble que a ella no le importen sus vidas, y luego la tiran de cabeza al precipicio. Es como cuando era más pequeña y les decía que ojalá se muriesen, y lo decía en serio. Todo el mundo escandalizado, “oh Dios mío, qué cosas dice esta niña loca”. El  hecho es que la mierda ocurre y la muerte existe. Papá Noel, no.

A Jaimie no le gustan las cosas normales. Le aburren. Ella es más de irse al bosque, descalzarse y caminar hasta el agotamiento, sola y en silencio, más que de ver películas estúpidas con guiones e interpretaciones de mierda mientras come helado con sus amigas. Esa clase de gente es para ella el cáncer del mundo. El cine estúpido les pudre el cerebro, las convierte en borregas babosas. Por eso ella evita las películas hechas de esa manera.

De hecho, este catorce de febrero Jaimie está descalza caminando por el campo. Sus padres estarán en casa, viendo en la televisión noticias que a ella le importan un bledo, o alguna estupidez, cosa extraña. No le preguntaron si quería hacer algún plan con ellos. A nadie le importa la niña descarriada. Qué raro.

Encuentra un río. Mete los pies rápidamente, el agua es el bálsamo, siempre lo ha sido. Respira hondo, siente un impulso, coge agua con las manos y se la echa en la cara, sin importarle mojarse el pelo o la ropa. Nunca le gustó demasiado peinarse o vestirse bien. Sonríe, echa a reír como una lunática. El agua en libertad es de las pocas cosas que le gustan de la vida. 

Entonces distingue un rastro rojo en el agua. Ladea la cabeza. Cualquiera en su lugar se iría, echaría a correr, chillaría… pero ella siente curiosidad. Así que se levanta y sigue el rastro de sangre. Éste le conduce hasta una zona en que el bosque es más frondoso. Allí, en el suelo, hay una chica. Está pálida, con la cara paralizada en un gesto de sorpresa y horror. Su ropa está mojada y manchada de sangre. 

Jaimie ladea la cabeza. Junto a la chica hay una persona. Sus manos están llenas de sangre. Mientras Jaimie mira, se lleva las manos a la boca y se relame la sangre, roja y brillante. Alza la cabeza hacia ella bruscamente. 

– ¿Quién eres…?

Jaimie se encoge de hombros.

– ¿Qué importa?

Él le mira fijamente. Sus ojos oscuros no la asustan, lo cual a él le extraña.

– ¿Eres una jodida loca como yo o sólo una morbosa?

– ¿Por qué iba a ser nada de eso?

– Porque te has quedado mirando. Cualquiera se asustaría. Pensarían que soy un vampiro o un hijo de puta loco. 

– ¿Y lo eres?

– ¿Un hijo de puta loco? Según mi psicólogo, sí, pero vampiro, no lo creo – sonríe. Sus dientes están manchados de sangre.

Ella mira a la chica. Le recuerda a alguien que conoce, pero no tiene claro a quién.

– ¿Quién es? 

Él se encoge de hombros.

– ¿Qué importa? Lo merecía.

– ¿Tú crees?

Él le mira fijamente.

– ¿Por qué iba a matarla si no? Créeme, le he hecho un gran favor al mundo.

– Bien.

Se da la vuelta y camina hacia su rincón del río de nuevo. Le gusta esa zona, tranquila y aislada, donde no tiene que ver la carretera ni a otros seres humanos de cerca. Pero el chico se levanta y se acerca a ella.

– ¡Eh, espera!

Se gira.

– ¿Qué?

– No te vayas… ¿por qué no te quedas… conmigo?

Ella arruga la nariz.

– No quiero amigos.

– ¿Por qué no…?

– Nunca he tenido ni necesito tenerlos. 

Él baja la cabeza. 

– Pero… ¿por qué no quieres ser mi amiga?

– Porque todo el mundo es igual.

Él alza las manos con el gesto infantil de un niño que acaba de tirar todas las pinturas de su madre por el suelo. Están manchadas de sangre.

– ¿Te parezco “igual”?

Ella sonríe.

– No.

miércoles, 1 de febrero de 2012

ME-NO-ME-NA is the word.

El mundo en que vivimos. Creo que no aporto nada nuevo si afirmo que es una puta mierda. Tampoco si digo que sus cositas buenas tiene. Tales como Menomena.
Pero creo que hago muuuucho mejor a este perro mundo si lo ignoro por unos instantes y me sumerjo en mi propio universo. Juuujujuju.
Allá vamos.




TAOS

Introducción:
Nota del autor

Yo tengo, yo tengo, yo tengo un mundo interior muy grande. Algunos científicos lo llaman "mi mente", pero suena soso. A mí me gusta llamarlo Never Wanderland, pero me gusta aún más no llamarlo. Pero Never Wanderland al menos suena bonito.
Never Wanderland es... difícil de describir. Tal vez debería hacer un mapa, como el que aparece en la primera página de El Señor de los Anillos (¿la he cagao, o había de verdad un mapa...? Me suena que sí). Tal vez debería hacer una descripción como la que se hace de los lugares: dividirlo en zonas, explicar las características de cada una de ellas. Tal vez debería hablar en plan serio como un científico serio, pero soy más tirando a científico loco, así que voy a hacerlo a mi manera; como si fuese un lugar, pero teniendo presente que esto es una metáfora; dentro de mi cráneo no hay un país, sino un montón de cosas viscosas y asquerosas.
Y es que es muy difícil hablar de Never Wanderland como un lugar, porque, no lo olvidemos, estamos hablando de una "mente". Además, hay que tener en cuenta que quien escribe lo ha conocido toda su vida, sin preguntarse jamás qué o cómo era. Esto dificulta el trabajo, es como tratar de describir... a un amigo al que conoces desde que eras un enano. Oyes la descripción que hacen otros de él y no lo reconoces en sus palabras, pero entonces reflexionas y piensas: "cielos... eso es cierto".
En fin, sin más preámbulos, describamos un poco, superficialmente, este lugar popularmente conocido como (no, no muy popularmente) "Never Wanderland".


Comencemos por el comienzo. O mejor; por donde nos dé la real gana.

domingo, 29 de enero de 2012

Donnie and Greg (part II)




La miró fijamente mientras hablaba.
La llamada siempre llegaba a aquellas horas, y, después de recibirla, “daba la casualidad” de que tenía que volver al trabajo por la noche por un asunto urgente.
Hasta entonces se había quedado al margen, fingiendo ser crédulo y carente de sospechas malpensadas, pero ya estaba cansado de que se riese de él en su cara y jugase con lo que ellos tenían, algo cada vez más extraño, antinatural e incierto.
Se acercó a ella, que reía en el sofá con los ojos brillantes, y se sentó a su lado, dispuesto a hacerse notar. Ella ni siquiera le dedicó una mirada.
Iba a rendirse, cansado de fingir ser fuerte y valiente, pero entonces pensó en la cara que pondría Greg en su próximo encuentro. Le restregaría su cobardía por la cara, se reiría, incluso puede que le propinase una colleja.
Se armó de valor entonces y se acercó a ella, dispuesto a hacerse oír por fin, pero de pronto sintió como si perdiese el pie y cayese por un agujero muy estrecho y profundo. Desapareció ella, el sofá, el salón entero, y todas las luces y ruidos de la ciudad fuera, más allá del balcón.
No sintió nada durante el descenso; fue como si su mente se vaciase y sólo fuese capaz de disfrutar de la sensación de que la tierra le succionaba, de que el viento trataba de agarrarle, pero no tenía fuerzas suficientes y le dejaba caer a los siguientes brazos etéreos que lo intentasen y de nuevo fallasen.
Pero entonces golpeó el suelo, y su cuerpo hizo un ruido realmente extraño. No fue un “crack” ni un “pum”, fue más bien un abanico de sonidos de platillos, bombos y teclas de piano; una orquesta chocando contra el terreno.
Se levantó, se sacudió el polvo que se había quedado adherido a su ropa y miró alrededor. El agujero negro se alargaba en un estrecho túnel oscuro hacia ninguna parte. No tenía ningún otro lugar adonde ir, así que emprendió la marcha por el siniestro corredor.
Caminó y caminó hasta que sintió que las piernas pedían un descanso, y entonces se dejó caer al suelo polvoriento; tampoco tenía nada mejor que hacer que descansar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de su corazón. Sonaba como un tambor enloquecido – boom, boom, boom, una, y otra, y otra vez –. Se preguntó si alguna vez se cansaría y se tomaría unas vacaciones para después volver y encontrárselo todo muerto.
Entre aquellos extraños pensamientos, una luz amarillenta atravesó sus párpados y los abrió, entrecerrándolos después por la excesiva luminosidad que había tomado aquel mundo. Se sentó sobre la arena que ahora cubría el suelo y contempló un amanecer estrafalario, con un sol negro que se escondía y una luna amarilla verdosa que se alzaba en el horizonte. Le pareció que el astro verdoso se jactaba del oscuro, sonriéndole con suficiencia. Tal y como Greg solía hacer.
Greg. ¿Dónde estaría él ahora? Tenía que enseñarle aquel lugar tan extraño. Seguro que le fascinaría y daría a pie a infinidad de cavilaciones estrafalarias de su excéntrica mente.
Algo empezó a tirarle de la camisa y se giró. Allí había una pequeña esfera morada que llevaba a cuestas infinidad de objetos pequeños y extraños: una taza de café en la que estaba escrito “HOY ES LUNES; DISFRÚTALO, NENA”, un zapato de tacón, una letra “a” minúscula bajo el cobijo de una “A” mayúscula, un frasco de perfume caro, un alfiler, una seta roja y blanca, una palabra subrayada, una flor mustia...
Alargó la mano hacia la flor, que parecía haber sido bonita antaño, pero algo le pellizcó y le hizo retirarla. Enfadado, tiró del alfiler para ver bien lo que cargaba con tantas cosas, y vio que se trataba de un ojo vivaracho y curioso, de color negro y mirada inquieta, y que el alfiler era sólo una de tantas pestañas rectas y pinchudas.
Una de las pestañas se clavó en su dedo y le hizo soltar al ojo, lanzándolo lejos de si. Él comenzó a correr gracias a unos pies enormes y feos, con las uñas pintadas, que le daban a su andar un aire de pingüino.
Iba a levantarse cuando una ola de ojillos maliciosos surgió de la nada y se lanzó sobre él, las pinchudas pestañas por delante. Se encogió sobre si mismo mientras recibía miles de pinchazos por todo el cuerpo, y tuvo miedo, miedo de aquellos ojos que le miraban con desprecio.
Pero, entonces, una ráfaga de viento se llevó a todos los ojos con todos sus alfileres, setas, tazas, palabras subrayadas y demás. Él se quedó allí tendido, respirando con dificultad y temblando, durante unos minutos, pero luego oyó un murmullo y alzó la cabeza.
Allí había un ser muy extraño, aunque nada se lo parecía allí. Tenía cuerpo de cebra y una cabeza grande y abultada, en ella una caricatura de rostro humano con ojos pequeños una redonda nariz.
– Gracias – susurró él. Su voz sonaba extraña allí, como si estuviese hablando a través de un micrófono de mala calidad que fuese perdiendo energía a medida que hablaba.
El ser abrió una boca exagerada y llena de hileras de dientes blancos y cuadrados hasta donde alcanzaba la vista, cogió aire y soltó una serie de pitidos insistentes y molestos.
Él se tapó los oídos, trató de huir del sonido, pero éste acabó venciéndole, y una fuerza sobrenatural tiró de él hacia el cielo, donde la luna verdosa aún reía, medio desdentada, y el sol negro se alzaba más y más con expresión resignada en su faz.

martes, 24 de enero de 2012

What the fuck...?


How did I get here...?
How did I get to love this...?
Me, that I was a weirdo...
Me, that I used to cry for hours

How did I get here,
and why isn't it enough?

............................................
1.

– Lo ha vuelto a hacer.

Greg asintió y esbozó una mueca de suficiencia.

– Te lo dije, ¿no es cierto?

Él torció la boca; detestaba que siempre tuviese la razón y que siempre se lo restregase. Habría dado cualquier cosa por haber podido tener la oportunidad de vivir aquello, aunque sólo fuese una vez.

Pero la suerte sólo sonreía a su camarada, nunca a él.

– Don, ¿te lo dije o no? – instó Greg.

– Sí, sí, me lo dijiste, y tenías razón – respondió él, a regañadientes –. Sabes que odio que hagas eso.

– Y sabes que por eso precisamente lo hago – sonrió Greg.

Donnie resopló. Debería empezar a buscarse amigos nuevos, amigos con menos fortuna que él, menos inteligentes, menos agraciados. Amigos que no le restregasen por la cara lo idiota que era.

– Bueno, pues no necesito que nadie más me trate como si fuese basura, ¿de acuerdo? Con una persona así en mi vida es más que suficiente.

Se levantó, dispuesto a irse en la busca de un amigo más desgraciado que él, pero Greg le retuvo.

– Eh, tío, espera – dijo –. Cuéntame, ¿qué ha pasado esta vez?

Él le miró, como considerando si merecía o no saberlo. Finalmente, suspiró y se dejó caer en el taburete de nuevo. Ladeó la cabeza y miró el letrero con luces que brillaba en la pared, que decía “Nowhere man” en honor a los Beatles. Una de las luces titilaba, como a punto de apagarse. Donnie llevaba mucho tiempo yendo a aquel lugar, y aquella luz nunca se había apagado o sido reemplazada.

Ladeó la cabeza, buscando las palabras que decir.

– Estábamos cenando. Bueno, ella por su lado, y yo por el mío, como siempre.

– Sí, siempre ha sido muy independiente. Cosa mala – gruñó Greg.

– Pues eso; ella estaba en el salón cuando le llamaron al móvil.

Se quedó en silencio unos instantes, sólo para crear expectación.

– Lo cogió y se puso a hablar de ese modo... Ya sabes, como cuando hablaba conmigo antes de casarnos.

– ¿Quieres decir... sonriendo, mirando al infinito y jugueteando con un mechón de su pelo?

– Exacto – suspiró él.

Greg soltó un suspiro exasperado.

– Esa maldita zorra – gruñó.

– N-no nos precipitemos – se apresuró a decir él –, quizás la haya malinterpretado, quizás me esté volviendo excesivamente paranoico...

Greg le miró de nuevo con ese aire de suficiencia y compasión.

– ¿Y con quién hablaba, si no?

– Puede que... con su madre – murmuró él, aunque sabía que era la excusa más pobre que podría haberse inventado. Por algo era una improvisación. “Nunca improvises”, solía decirle su padre, “prepara las excusas con antelación, o tu mujer se te comerá vivo. Créeme; es la única manera de sobrevivir al matrimonio”.

Pero Greg no era su mujer, y ninguna excusa, por bien formada que estuviese, era válida con él, y menos aún aquella bazofia.

– Su madre – se jactó –, claro, cómo no. Vaya, visto eso, quizás deberíais poner una foto de tu suegra en el dormitorio, visto lo visto...

– No sigas – cortó él, previendo un final obsceno o insultante de la intervención de su camarada.

– Está bien; si tú averiguas a quién llama con tanto... interés.

– No le llamó ella... – empezó él, pero, al ver la expresión en la cara de Greg, guardó silencio.

Se disponía a marcharse cuando Greg le llamó, esbozando una torva sonrisa.

– Don.

– ¿Sí?

– Nunca se es demasiado paranoico.

viernes, 20 de enero de 2012

Ain't no grand solution, just a cockroach revolution!



Yo nunca fui a la Universidad.No quería formar parte de esta farsa, de este montaje global. La vida es demasiado preciosa para perderla imitando las vidas de los demás. Si hubiese sido una persona normal, habría estudiado durante veintitantos años sin aprender nada, después habría buscado trabajo, me habría comprado una casa, un coche, me habría casado y tenido hijos, habría engañado a mi mujer y habría muerto como uno más.Pero no quise. La gente me decía que era arriesgado no seguir el camino señalado, que había que seguir las huellas de los que habían vivido antes que yo, que acabaría tirado en la calle pidiendo para poder drogarme y así evadirme de mi triste y desastrosa vida.
Pero eso no fue lo que pasó.
- Y ahora estás encerrado en un psiquiátrico.
- Ya, es un pequeño fracaso para mí; es lo menos original que he hecho en mi vida. Un triste final... ¿no crees?

sábado, 8 de octubre de 2011

Poison Oak part two


1

Polly cerró la puerta tras ella y miró a Gabriel con gravedad. Él respiraba con dificultad y se había llevado las manos a la cabeza, y tenía los ojos muy abiertos, como si tratase de capturar la máxima cantidad de imágenes posibles antes de que la tragedia sucediese.

Polly se acercó a la cocina a por las pastillas, mordiéndose el labio inferior, preocupada. Sabía perfectamente dónde estaban; no era la primera vez que se las daba. No sabía cuántas necesitaría, por lo que cogió el bote entero y se acercó a él.

No tenía buena pinta; estaba medio agachado, de espaldas a ella, y su pecho se hinchaba y deshinchaba rápida y entrecortadamente. Le puso la mano en el hombro. Él estaba temblando como un flan, así que se apresuró a sacar una pastilla del bote.

– Gabriel – dijo –, toma…

Él giró bruscamente, tanto que tiró el golpe de pastillas abierto al suelo. Polly le miró a los ojos y vio que ya no enfocaba la mirada y sus pupilas se movían frenéticamente, tratando de aferrarse a la luz.

– ¿Puedes verme? – dijo ella.

– N… no… sí. Un poco… – su voz se quebró, llena de angustia, y se llevó las manos a la cara.

– Gabriel…

Ella intentó abrazarle, pero él la rechazó.

– Polly, no… vete.

Ella bajó los brazos, suspirando.

– ¿Cómo dices…?

– Quiero que te vayas, ¿estás sorda?

Polly no podía creérselo. Llevaba dos meses cuidando de él, apoyándole cada vez que sufría una crisis, ayudándole cada vez más a medida que iba perdiendo la vista. Sabía que él era algo arisco y difícil, que tenía mucho carácter, y que llegaba a ser hasta huraño a veces, pero siempre se había mostrado diferente con ella, agradecido. Pero, ahora…

– No pienso irme. He pasado a tu lado… meses… soportando todo esto, y no puedes echarme así.

– Polly, te he pedido que te vayas, no que me cuentes tu vida, así que sólo lárgate.

– ¿Cómo puedes ser así? Me debes… ¡me debes muchísimo!

– ¿No debería ser yo quien dijese eso?

Polly se llevó las manos a la cabeza, intentando encontrar algo racional que decir entre las palabras que se arremolinaban, desordenadas, en su cabeza.

– ¡Eres, eres… idiota! ¡Deja ya de intentar alejar al mundo de ti, esto no es un concurso de a ver quién es más tozudo así que deja ya de ser así de… masoquista!

Él apartó las manos de su cabeza y gritó:

– ¡Polly, cállate de una vez y déjame solo! ¡Estoy harto de ti, te he soportado porque… no sé por qué, pero ya me he cansado así que lárgate de una maldita vez!

Le miró. La cara de ella estaba teñida de tristeza, sus ojos llorosos. Entonces, ella asintió, dejó la pastilla que aún tenía en la mano sobre una mesa y se marchó, cerrando la puerta de un portazo tras de si.

Fue lo último que vio él en su vida.

Se dejó caer al suelo, temblando, y se hizo un ovillo en una esquina. Al fin había llegado, tras meses de agonía a la espera de que finalmente sucediese; allí estaba el mayor de sus demonios, había llegado oportunidad de encararlo por vez primera.

Y, por fin, allí estaba, y estaba, por fin, solo.

Se dejó caer al suelo, lleno de angustia por no poder ver ni tan siquiera una rendija del mundo, por el saber que tendría que enfrentarse al demonio, al que tanto había temido desde que supo que existía y que había esperado, pacientemente, a hacer su aparición, cada día durante el resto de su vida.

Olía a café, y escuchó el sonido de la cafetera rebosante en la cocina, acompañado por el sonido agitado de su propia respiración.

No, ésa no era su respiración. La suya sonaba más tenuemente y más lenta. Aquella era demasiado rápida y profunda…

Hubo un sonido de algo duro chocando contra el suelo, y la respiración se acercó, tanto que podía sentir un aliento en la cara. Deseó poder ver lo que tenía delante, quiso alargar la mano para saber qué era, pero estaba tan asustado que sus brazos no le respondían, así que se quedó quieto, esperando a que algo sucediese.

Entonces, se oyeron los mismos ruidos contra el parqué y la respiración se alejó hasta desaparecer.

Permaneció allí un lapso de tiempo que le pareció eterno. Entonces, se levantó, lentamente, apoyándose contra la pared. Caminó con los brazos extendidos para no chocarse, aunque tropezó en varias ocasiones, hasta la mesita donde estaba el teléfono.

Entonces, oyó otra respiración, esta vez a la altura de su nuca. No era Polly; no olía como ella, sino que tenía un olor extraño, como de hierba recién cortada y tierra húmeda… Notó que algo – ¿unos dedos, tal vez…? – suave y frío le rozaba la nuca…

Se quedó muy quieto, esperando algo, pero, de nuevo, la respiración desapareció, esta vez acompañada con un sonido de pasos.

Descolgó el auricular del teléfono. Le costó concentrarse en los números en relieve para marcar, pero al final lo logró, y no tardó en escuchar una voz al otro lado de la línea.

– ¿Hola? ¿Quién es?

– ¿Mamá? – murmuró él.

Se produjo un breve silencio. Gabriel pudo imaginarse a su madre apretando los labios, sorprendida.

– Gabriel.

Él tragó saliva y respiró hondo. Hacía mucho que no hablaba con su madre, y había muchas cosas que se moría de ganas por decirle, pero la angustia de estar sumergido en la oscuridad le impedía pensar con claridad, y todo lo que pudo hacer fue tratar de que su voz no sonase temblorosa al hablar.

– Mamá, ha sucedido.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El imaginario del Señor Cellophane.


Hay una persona allí, pero la música es lo único vivo de la habitación. Esa persona está respirando, su corazón late, sus ojos parpadean, pero parece que no tenga vida. Una taza de café reposa en una mesita a su lado, pero hace mucho tiempo que las volutas de humo dejaron de bailar sobre ella. El reloj suena - tic, tac, tic, tac -, pero es un sonido tan muerto y repetitivo que aquella persona ya ni lo nota. En la pared, junto al reloj, unas cortinas descorridas muestran una ventana, tras la cual se halla un hermoso paisaje. Hay un tocadiscos en un rincón, y su música suena, suave y lenta, una guitarra y una voz rota dando vida al lugar.


El señor Cellophane lleva ya mucho tiempo allí, pero no sabría decir cuanto. No hace nada, no se mueve, no come, no duerme. Simplemente, espera, en silencio, espera a que las horas pasen, como si esperase que, en cuando todas ellas hayan terminado, algo maravilloso fuese a suceder. Y así lo espera, porque el señor Cellophane, con su café frío y su reloj, su ventana de hermosas vistas y su tocadiscos, espera a la muerte.
Hace ya tiempo que perdió las ganas de vivir, pero, de nuevo, ignora cuánto. Todo cuanto era bello en su vida se ha consumido, todo cuanto ha querido se ha marchado como cenizas en el viento. Él mismo no es más que ceniza, un fantasma en el olvido, un recuerdo que desapareció con el tiempo en la mente de otra persona.
Hace mucho tiempo que se siente solo. Hace mucho que se dio cuenta de que no es nadie, de que es invisible. De que es el señor Cellophane de la canción: podrían mirar hacia él, caminar a su lado, pero no darse cuenta de que está ahí. Y saber eso le consume.
El reloj marca las ocho y la estancia se llena de una luz anaranjada. Ya es la hora; el señor Cellophane cierra sus ojos y se sumerge en su imaginario.


El imaginario del señor Cellophane es un lugar maravilloso. Es la razón que tiene él para vivir, cuando se sumerge en él siente la sangre corriendo por sus venas de nuevo. Es un lugar tremendamente extraño, lleno de extraños árboles y criaturas, y nada tiene sentido, pero, curiosamente, para él todo es mucho más lógico que la vida real.
Comienza a llover, y es una lluvia maravillosa, fresca y suave. El señor Cellophane extiende los brazos y baila, da vueltas sobre sí mismo, alza la cabeza y respira hondo, dejando que las gotas de lluvia le empapen el rostro...

- Monroe. Monroe.

Abre los ojos. ¿Quién osa decir su nombre, sacándole de la maravillosa tierra de los sueños...? Unos ojos azules y cálidos le reciben, una amplia sonrisa ilumina un rostro pálido.
Ah, es ella. Su razón para vivir. Su imaginario en la tierra. Su sueño en el mundo real.
Le abraza y se levanta. La crisis existencial ha pasado, ella ha extinguido con su presencia las llamas de la miseria. Y allí están los dos, solos pero felices, porque no necesitan a nadie más en el mundo...



El texto anterior me ha salido del alma. Improvisación con inspiración automática.


Sed felices.

viernes, 13 de agosto de 2010

Y eso.







Que me apetecía escribir una entrada antes de irme al sur, así que...
Bien. Y, ahora, ¿de qué narices hablo?
Ah, sí; mi aburrimiento. Porque es bastante obvio que me aburro un montón.
Por eso me voy. Por eso me largo todos los años, de hecho. Porque lo necesito. Necesito alejarme de todo. Y, ¿qué mejor manera que largarse... lejos?

(La foto es de un fotógrafo del que me estoy haciendo fan - véase la entrada anterior -, Phoenix Taylor, y de un actor/músico del que ya lo soy)

Y eso.


Y, señoras y señores, en un arranque de locura, ahí va un fragmento muuuy chiquitito de una historia en la que estoy trabajando. (¿)Disfrutadla(?)
Esta maldita vida aburrida. Más me vale que caiga una maldita bomba en el maldito manicomio, sólo para darle un poco de emoción al asunto.
Si alguien por ahí piensa que vivir en un loquero es divertido, no sabe cuán equivocado está. Los locos son entretenidos cuando los miras un rato, pero luego empiezas a deprimirte, porque su locura no acaba, no tienen ni una pausa. Y eso es muy triste.
Así que desvías la mirada, y mientras imploras al cielo por una botella de whiskey y una cajetilla de cigarrillos tratas de olvidar lo locos que están todos - incluyéndote - y buscas algo más que hacer. Pero, claro, ¿qué? Porque no penséis que tenemos club de golf aquí dentro.
Esperas. Esperas, esperas, y esperas en silencio a que algo llegue, llame tu atención y te distraiga, por favor. Pero nada pasa. Oh, Dios, voy a morir aquí, y será de aburrimiento. ¿Cúanto tardaré? Mucho no, gracias. Y que sea leve.
Y entonces te das la vuelta y miras con cara de mala leche a todos los desdichados locos que te rodean, y deseas descargar tu furia contra algo, y lo que más cerca tienes es un cojín así que te dedicas a golpearlo hasta que te suplica que pares por toda la corte celestial, y ahí es cuando empiezas a darte cuenta que no es un cojín sino la abusltada barriga de un demente.
Vaya, qué bajón de tensión.
Y que no sirva de precedente.