Qué miedo le da esta gente. De hecho, va prácticamente escondiéndose de farola en farola, de farola en contenedor, de contenedor en banco. Le resultaban extraños, impredecibles, sobre todo después de lo que Greg le ha contado.
Por la noche, empieza a llover a cántaros, y no sabe adónde ir. Está acurrucándose bajo un banco - mal escondite; muchas goteras - cuando ve unos ojos enormes mirarle con curiosidad.
- Hola.
- Ho-hola.
Los ojos le sonríen.
- Me llamo Scout. ¿Y tú?
"Yo tengo miedo", quiere decir.
- Yo Nate - dice.
- Encantada de conocerte, Nate.
Nate asiente, poniéndose colorado. No sabe responder a eso; nadie le ha enseñado.
Se asoma un poco más. Es una chica bonita, y va bien abrigada, protegida de la lluvia por un paraguas.
- ¿Por qué estás aquí, Nate?
Nate se encoge de hombros; la verdad es que le da mucha vergüenza. Especialmente, le da vergüenza decírselo a esa chica tan linda.
- ¡Scout, vamos! ¡No te entretengas!
Ella gira la cabeza.
- ¡Sí, mamá! - Mira a Nate - Hasta otra, Nate.
- Adiós - dice él.
En cuanto ella se va, deja de llover y sale el sol. Nate sale de su cobijo y camina adonde sus pies le llevan, sonriendo, pensando en esa chica que le ha dado un rayito de esperanza. Greg dice que todo el mundo es malo, pero ella ha sido amable, agradable.
En el cobijo, se tumba junto a su maestra, pensando que el mundo ha ganado una batalla al cobijar a aquella buena persona. Una batalla contra Greg y su pesimismo. Tiene que decírselo.
- Greg. He conocido a alguien. A alguien bueno.
Ella abre un ojo.
- Qué suerte. A pocos así conocerás.
Nate sonríe. Aunque Greg sea orgullosa y no lo diga, él ha ganado. Por una vez.
Cree que ella se ha quedado dormida, porque no habla, pero al poco rato, oye su voz.
- Nate.
- ¿Sí?
- Te dije que no lo manchases todo de barro al volver, mamarracho.
Nate mira sus pies y ve que ha manchado su manta. Se da cuenta entonces que Greg sabía que volvería. No ha ganado. Ha perdido. Otra vez.








