sábado, 8 de octubre de 2011

Poison Oak part two


1

Polly cerró la puerta tras ella y miró a Gabriel con gravedad. Él respiraba con dificultad y se había llevado las manos a la cabeza, y tenía los ojos muy abiertos, como si tratase de capturar la máxima cantidad de imágenes posibles antes de que la tragedia sucediese.

Polly se acercó a la cocina a por las pastillas, mordiéndose el labio inferior, preocupada. Sabía perfectamente dónde estaban; no era la primera vez que se las daba. No sabía cuántas necesitaría, por lo que cogió el bote entero y se acercó a él.

No tenía buena pinta; estaba medio agachado, de espaldas a ella, y su pecho se hinchaba y deshinchaba rápida y entrecortadamente. Le puso la mano en el hombro. Él estaba temblando como un flan, así que se apresuró a sacar una pastilla del bote.

– Gabriel – dijo –, toma…

Él giró bruscamente, tanto que tiró el golpe de pastillas abierto al suelo. Polly le miró a los ojos y vio que ya no enfocaba la mirada y sus pupilas se movían frenéticamente, tratando de aferrarse a la luz.

– ¿Puedes verme? – dijo ella.

– N… no… sí. Un poco… – su voz se quebró, llena de angustia, y se llevó las manos a la cara.

– Gabriel…

Ella intentó abrazarle, pero él la rechazó.

– Polly, no… vete.

Ella bajó los brazos, suspirando.

– ¿Cómo dices…?

– Quiero que te vayas, ¿estás sorda?

Polly no podía creérselo. Llevaba dos meses cuidando de él, apoyándole cada vez que sufría una crisis, ayudándole cada vez más a medida que iba perdiendo la vista. Sabía que él era algo arisco y difícil, que tenía mucho carácter, y que llegaba a ser hasta huraño a veces, pero siempre se había mostrado diferente con ella, agradecido. Pero, ahora…

– No pienso irme. He pasado a tu lado… meses… soportando todo esto, y no puedes echarme así.

– Polly, te he pedido que te vayas, no que me cuentes tu vida, así que sólo lárgate.

– ¿Cómo puedes ser así? Me debes… ¡me debes muchísimo!

– ¿No debería ser yo quien dijese eso?

Polly se llevó las manos a la cabeza, intentando encontrar algo racional que decir entre las palabras que se arremolinaban, desordenadas, en su cabeza.

– ¡Eres, eres… idiota! ¡Deja ya de intentar alejar al mundo de ti, esto no es un concurso de a ver quién es más tozudo así que deja ya de ser así de… masoquista!

Él apartó las manos de su cabeza y gritó:

– ¡Polly, cállate de una vez y déjame solo! ¡Estoy harto de ti, te he soportado porque… no sé por qué, pero ya me he cansado así que lárgate de una maldita vez!

Le miró. La cara de ella estaba teñida de tristeza, sus ojos llorosos. Entonces, ella asintió, dejó la pastilla que aún tenía en la mano sobre una mesa y se marchó, cerrando la puerta de un portazo tras de si.

Fue lo último que vio él en su vida.

Se dejó caer al suelo, temblando, y se hizo un ovillo en una esquina. Al fin había llegado, tras meses de agonía a la espera de que finalmente sucediese; allí estaba el mayor de sus demonios, había llegado oportunidad de encararlo por vez primera.

Y, por fin, allí estaba, y estaba, por fin, solo.

Se dejó caer al suelo, lleno de angustia por no poder ver ni tan siquiera una rendija del mundo, por el saber que tendría que enfrentarse al demonio, al que tanto había temido desde que supo que existía y que había esperado, pacientemente, a hacer su aparición, cada día durante el resto de su vida.

Olía a café, y escuchó el sonido de la cafetera rebosante en la cocina, acompañado por el sonido agitado de su propia respiración.

No, ésa no era su respiración. La suya sonaba más tenuemente y más lenta. Aquella era demasiado rápida y profunda…

Hubo un sonido de algo duro chocando contra el suelo, y la respiración se acercó, tanto que podía sentir un aliento en la cara. Deseó poder ver lo que tenía delante, quiso alargar la mano para saber qué era, pero estaba tan asustado que sus brazos no le respondían, así que se quedó quieto, esperando a que algo sucediese.

Entonces, se oyeron los mismos ruidos contra el parqué y la respiración se alejó hasta desaparecer.

Permaneció allí un lapso de tiempo que le pareció eterno. Entonces, se levantó, lentamente, apoyándose contra la pared. Caminó con los brazos extendidos para no chocarse, aunque tropezó en varias ocasiones, hasta la mesita donde estaba el teléfono.

Entonces, oyó otra respiración, esta vez a la altura de su nuca. No era Polly; no olía como ella, sino que tenía un olor extraño, como de hierba recién cortada y tierra húmeda… Notó que algo – ¿unos dedos, tal vez…? – suave y frío le rozaba la nuca…

Se quedó muy quieto, esperando algo, pero, de nuevo, la respiración desapareció, esta vez acompañada con un sonido de pasos.

Descolgó el auricular del teléfono. Le costó concentrarse en los números en relieve para marcar, pero al final lo logró, y no tardó en escuchar una voz al otro lado de la línea.

– ¿Hola? ¿Quién es?

– ¿Mamá? – murmuró él.

Se produjo un breve silencio. Gabriel pudo imaginarse a su madre apretando los labios, sorprendida.

– Gabriel.

Él tragó saliva y respiró hondo. Hacía mucho que no hablaba con su madre, y había muchas cosas que se moría de ganas por decirle, pero la angustia de estar sumergido en la oscuridad le impedía pensar con claridad, y todo lo que pudo hacer fue tratar de que su voz no sonase temblorosa al hablar.

– Mamá, ha sucedido.

Introducción a una entrada (AKA "Posion Oak part One)

Estoy
BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN.

Discúlpenme, lo necesitaba. De corazón.
Hablaré sin muchos rodeos, porque me apetece "crear".
Estoy MUY a gusto en el instituto, MUY a gusto entre mis amistades, y definitiva y simplemente, todo me va de puta madre (perdón, es lo que hay).
Así que, sí, Greg/Rita/Kolpix/quiensea, está genial aunque tenga que levantarse a las siete y media de la mañana día sí, día también, hasta el siempre cojonudo fin de semana.
Hala, ya está de crónica de mi vida, que no soporto hablar de mí misma.

El texto que van a leer a continuación no es más que un fragmento de algo en lo que estoy trabajando. Nada oficial, sólo un comienzo... a ver qué tal.