La gente cambia. Demasiado, y demasiado rápido, y, cuando te das cuenta, ya no eres capaz de reconocer a alguien con quien te has criado.
Lo peor de todo es ver, conversando de manera normal con ese alguien, que en sus ojos ya no hay comprensión, no hay ese brillo de confianza que había antaño. Y duele, duele ver cómo te mira como si estuvieses loco, como si fueses un extraño.
Descubres que las cosas de las que antes se reía, ahora le asustan, y te mira como si fueses un loco infantil cuando las dices. Y ese hermano, ese amigo, se convierte en un extraño.
Encuentras que a esa persona que lo daba todo por ti ahora le das miedo, le resultas extraño, o patético, incluso. Y eso es mucho peor que haber perdido a esa persona para siempre, porque te sientes terriblemente solo y vacío, como si fueses un muñeco obsoleto con el que un niño no quiere jugar.
Otra decepción. Bueno, no es la primera y, estoy segura, no será la última.
No hay comentarios:
Publicar un comentario