Es gracioso. Nate lleva días sin hablarle, y lo echa de menos. Echa de menos su vitalidad de infante, su inocente alegría. Estúpido, ¿eh?; ella misma la ha apagado como quien sopla a la débil llama de una vela.
Pero añora que él pueda ser feliz, permanecer alegre. Quizás porque eso le hacía pensar que quizás también ella podría serlo. Quizás porque era la más pura esperanza.
Mira a su pequeño saltamontes. Está acurrucado junto a ella, con la mirada perdida en algún punto de la sucia pared que les cobija del viento. Se pregunta en qué estará pensando...
En es achica, seguro. No sabe su nombre, ni cómo es, pero no le cabe duda de que le ha llegado hondo, y no en mucho tiempo, porque Nate apenas se ha separado de ella desde que se conocieron.
Suspira. ¿Debería buscarla? No lo sabe. ¡Algo que la gran Greg no sabe! Es increíble.
En silencio, toma la resolución de ayudar a ese niño a sacarse el amor de la cabeza... o a lograr que sea correspondido.
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