lunes, 15 de agosto de 2011

Ríos.


Supongamos, supongamos que nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar que es el morir. Supongamos que cada uno de nosotros es un río independiente. Podríamos hablar pues en afluentes, y sería lo más exacto dentro de lo metafórico, pero, para poder ser más precisos - y, todo hay que decirlo, poéticos -, hablemos de bañistas.
Cada una de las personas, lugares, momentos que han pasado por tu vida es un bañista. Hay bañistas que nadan durante un tiempo, otros que nunca dejan de nadar. Hay bañistas que se meten de cabeza y otros que únicamente mojan el pulgar de un pie antes de largarse.
Bien, estos bañistas abundan. Son las personas con las que te cruzas por la calle, a las que no les dedicas ni una mirada; son las situaciones que conoces pero a las que eres ajeno. No ocupan ningún lugar de tu vida y probablemente tú no ocupes ningún lugar en las suyas o en su historia, pero ahí están esas gotitas de tu agua, mojando los dedos gordos de sus pies.
Las personas a las que conoces pero no demasiado, los lugares en los que no permaneces por mucho tiempo, son los bañistas que se meten en el río hasta los tobillos o las rodillas. Tienen una cierta importancia, pero no demasiada.
Luego están los bañistas que jamás dejan de nadar en tu río, o que te acompañan por mucho tiempo: algunas manías, costumbres y miedos, un tatuaje, un familiar al que estás muy unido - un hermano, tal vez -, tu propio cuerpo. Tienen mucha importancia, pero te acostumbras tanto a ellos que los ignoras. Y, si llegas a perderlos - más factible en el caso del hermano -, notarás su ausencia en gran medida.
Veo que ya van captando la idea, así que pasemos a la parte importante; los bañistas que nadan a lo más profundo de tu río, cogen un puñado de la arena y se hacen de este modo con un poco de tu alma. Algunos nadarán por un tiempo, otros se marcharán rápido, pero todos cuando se vayan te dejarán con un hueco que jamás se rellenará.
Hay bañistas que no hacen daño y hay bañistas que tiran su basura, lo peor de ellos, a tu río. Y tú tienes que aguantarte y limpiarlo lo mejor que puedas para seguir fluyendo.
Supongamos que nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar que es el morir. Disfruten de sus bañistas, disfruten del momento, porque a todos nos espera el mismo final.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar, que es el morir;
allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir;
allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos,
y llegados, son iguales los que viven por sus mano,
y los ricos.


Jorge Manrique

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