miércoles, 3 de julio de 2013

Once upon a time in the west.




Es catorce de febrero y Jaimie está hasta las narices. Todo es rosa, azúcar, chocolate, flores, estupideces. ¿Qué narices importa? Como si todo eso vaya a durar. Todo el mundo sabe que las parejas no duran. Se cansan en un momento u otro. Ella ni siquiera cree que exista el amor de verdad.
No tiene amigos. ¿Qué narices importa eso, tampoco? Los amigos también se cansan. Se cansan y la dejan sola, como si fuese un juguete viejo y ajado. A ellos tampoco les importa. Le hacen mucha gracia todos esos seres humanos hipócritas de mierda; les parece increíble que a ella no le importen sus vidas, y luego la tiran de cabeza al precipicio. Es como cuando era más pequeña y les decía que ojalá se muriesen, y lo decía en serio. Todo el mundo escandalizado, “oh Dios mío, qué cosas dice esta niña loca”. El  hecho es que la mierda ocurre y la muerte existe. Papá Noel, no.

A Jaimie no le gustan las cosas normales. Le aburren. Ella es más de irse al bosque, descalzarse y caminar hasta el agotamiento, sola y en silencio, más que de ver películas estúpidas con guiones e interpretaciones de mierda mientras come helado con sus amigas. Esa clase de gente es para ella el cáncer del mundo. El cine estúpido les pudre el cerebro, las convierte en borregas babosas. Por eso ella evita las películas hechas de esa manera.

De hecho, este catorce de febrero Jaimie está descalza caminando por el campo. Sus padres estarán en casa, viendo en la televisión noticias que a ella le importan un bledo, o alguna estupidez, cosa extraña. No le preguntaron si quería hacer algún plan con ellos. A nadie le importa la niña descarriada. Qué raro.

Encuentra un río. Mete los pies rápidamente, el agua es el bálsamo, siempre lo ha sido. Respira hondo, siente un impulso, coge agua con las manos y se la echa en la cara, sin importarle mojarse el pelo o la ropa. Nunca le gustó demasiado peinarse o vestirse bien. Sonríe, echa a reír como una lunática. El agua en libertad es de las pocas cosas que le gustan de la vida. 

Entonces distingue un rastro rojo en el agua. Ladea la cabeza. Cualquiera en su lugar se iría, echaría a correr, chillaría… pero ella siente curiosidad. Así que se levanta y sigue el rastro de sangre. Éste le conduce hasta una zona en que el bosque es más frondoso. Allí, en el suelo, hay una chica. Está pálida, con la cara paralizada en un gesto de sorpresa y horror. Su ropa está mojada y manchada de sangre. 

Jaimie ladea la cabeza. Junto a la chica hay una persona. Sus manos están llenas de sangre. Mientras Jaimie mira, se lleva las manos a la boca y se relame la sangre, roja y brillante. Alza la cabeza hacia ella bruscamente. 

– ¿Quién eres…?

Jaimie se encoge de hombros.

– ¿Qué importa?

Él le mira fijamente. Sus ojos oscuros no la asustan, lo cual a él le extraña.

– ¿Eres una jodida loca como yo o sólo una morbosa?

– ¿Por qué iba a ser nada de eso?

– Porque te has quedado mirando. Cualquiera se asustaría. Pensarían que soy un vampiro o un hijo de puta loco. 

– ¿Y lo eres?

– ¿Un hijo de puta loco? Según mi psicólogo, sí, pero vampiro, no lo creo – sonríe. Sus dientes están manchados de sangre.

Ella mira a la chica. Le recuerda a alguien que conoce, pero no tiene claro a quién.

– ¿Quién es? 

Él se encoge de hombros.

– ¿Qué importa? Lo merecía.

– ¿Tú crees?

Él le mira fijamente.

– ¿Por qué iba a matarla si no? Créeme, le he hecho un gran favor al mundo.

– Bien.

Se da la vuelta y camina hacia su rincón del río de nuevo. Le gusta esa zona, tranquila y aislada, donde no tiene que ver la carretera ni a otros seres humanos de cerca. Pero el chico se levanta y se acerca a ella.

– ¡Eh, espera!

Se gira.

– ¿Qué?

– No te vayas… ¿por qué no te quedas… conmigo?

Ella arruga la nariz.

– No quiero amigos.

– ¿Por qué no…?

– Nunca he tenido ni necesito tenerlos. 

Él baja la cabeza. 

– Pero… ¿por qué no quieres ser mi amiga?

– Porque todo el mundo es igual.

Él alza las manos con el gesto infantil de un niño que acaba de tirar todas las pinturas de su madre por el suelo. Están manchadas de sangre.

– ¿Te parezco “igual”?

Ella sonríe.

– No.

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