
La miró fijamente mientras hablaba.
La llamada siempre llegaba a aquellas horas, y, después de recibirla, “daba la casualidad” de que tenía que volver al trabajo por la noche por un asunto urgente.
Hasta entonces se había quedado al margen, fingiendo ser crédulo y carente de sospechas malpensadas, pero ya estaba cansado de que se riese de él en su cara y jugase con lo que ellos tenían, algo cada vez más extraño, antinatural e incierto.
Se acercó a ella, que reía en el sofá con los ojos brillantes, y se sentó a su lado, dispuesto a hacerse notar. Ella ni siquiera le dedicó una mirada.
Iba a rendirse, cansado de fingir ser fuerte y valiente, pero entonces pensó en la cara que pondría Greg en su próximo encuentro. Le restregaría su cobardía por la cara, se reiría, incluso puede que le propinase una colleja.
Se armó de valor entonces y se acercó a ella, dispuesto a hacerse oír por fin, pero de pronto sintió como si perdiese el pie y cayese por un agujero muy estrecho y profundo. Desapareció ella, el sofá, el salón entero, y todas las luces y ruidos de la ciudad fuera, más allá del balcón.
No sintió nada durante el descenso; fue como si su mente se vaciase y sólo fuese capaz de disfrutar de la sensación de que la tierra le succionaba, de que el viento trataba de agarrarle, pero no tenía fuerzas suficientes y le dejaba caer a los siguientes brazos etéreos que lo intentasen y de nuevo fallasen.
Pero entonces golpeó el suelo, y su cuerpo hizo un ruido realmente extraño. No fue un “crack” ni un “pum”, fue más bien un abanico de sonidos de platillos, bombos y teclas de piano; una orquesta chocando contra el terreno.
Se levantó, se sacudió el polvo que se había quedado adherido a su ropa y miró alrededor. El agujero negro se alargaba en un estrecho túnel oscuro hacia ninguna parte. No tenía ningún otro lugar adonde ir, así que emprendió la marcha por el siniestro corredor.
Caminó y caminó hasta que sintió que las piernas pedían un descanso, y entonces se dejó caer al suelo polvoriento; tampoco tenía nada mejor que hacer que descansar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de su corazón. Sonaba como un tambor enloquecido – boom, boom, boom, una, y otra, y otra vez –. Se preguntó si alguna vez se cansaría y se tomaría unas vacaciones para después volver y encontrárselo todo muerto.
Entre aquellos extraños pensamientos, una luz amarillenta atravesó sus párpados y los abrió, entrecerrándolos después por la excesiva luminosidad que había tomado aquel mundo. Se sentó sobre la arena que ahora cubría el suelo y contempló un amanecer estrafalario, con un sol negro que se escondía y una luna amarilla verdosa que se alzaba en el horizonte. Le pareció que el astro verdoso se jactaba del oscuro, sonriéndole con suficiencia. Tal y como Greg solía hacer.
Greg. ¿Dónde estaría él ahora? Tenía que enseñarle aquel lugar tan extraño. Seguro que le fascinaría y daría a pie a infinidad de cavilaciones estrafalarias de su excéntrica mente.
Algo empezó a tirarle de la camisa y se giró. Allí había una pequeña esfera morada que llevaba a cuestas infinidad de objetos pequeños y extraños: una taza de café en la que estaba escrito “HOY ES LUNES; DISFRÚTALO, NENA”, un zapato de tacón, una letra “a” minúscula bajo el cobijo de una “A” mayúscula, un frasco de perfume caro, un alfiler, una seta roja y blanca, una palabra subrayada, una flor mustia...
Alargó la mano hacia la flor, que parecía haber sido bonita antaño, pero algo le pellizcó y le hizo retirarla. Enfadado, tiró del alfiler para ver bien lo que cargaba con tantas cosas, y vio que se trataba de un ojo vivaracho y curioso, de color negro y mirada inquieta, y que el alfiler era sólo una de tantas pestañas rectas y pinchudas.
Una de las pestañas se clavó en su dedo y le hizo soltar al ojo, lanzándolo lejos de si. Él comenzó a correr gracias a unos pies enormes y feos, con las uñas pintadas, que le daban a su andar un aire de pingüino.
Iba a levantarse cuando una ola de ojillos maliciosos surgió de la nada y se lanzó sobre él, las pinchudas pestañas por delante. Se encogió sobre si mismo mientras recibía miles de pinchazos por todo el cuerpo, y tuvo miedo, miedo de aquellos ojos que le miraban con desprecio.
Pero, entonces, una ráfaga de viento se llevó a todos los ojos con todos sus alfileres, setas, tazas, palabras subrayadas y demás. Él se quedó allí tendido, respirando con dificultad y temblando, durante unos minutos, pero luego oyó un murmullo y alzó la cabeza.
Allí había un ser muy extraño, aunque nada se lo parecía allí. Tenía cuerpo de cebra y una cabeza grande y abultada, en ella una caricatura de rostro humano con ojos pequeños una redonda nariz.
– Gracias – susurró él. Su voz sonaba extraña allí, como si estuviese hablando a través de un micrófono de mala calidad que fuese perdiendo energía a medida que hablaba.
El ser abrió una boca exagerada y llena de hileras de dientes blancos y cuadrados hasta donde alcanzaba la vista, cogió aire y soltó una serie de pitidos insistentes y molestos.
Él se tapó los oídos, trató de huir del sonido, pero éste acabó venciéndole, y una fuerza sobrenatural tiró de él hacia el cielo, donde la luna verdosa aún reía, medio desdentada, y el sol negro se alzaba más y más con expresión resignada en su faz.
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