domingo, 29 de enero de 2012

Donnie and Greg (part II)




La miró fijamente mientras hablaba.
La llamada siempre llegaba a aquellas horas, y, después de recibirla, “daba la casualidad” de que tenía que volver al trabajo por la noche por un asunto urgente.
Hasta entonces se había quedado al margen, fingiendo ser crédulo y carente de sospechas malpensadas, pero ya estaba cansado de que se riese de él en su cara y jugase con lo que ellos tenían, algo cada vez más extraño, antinatural e incierto.
Se acercó a ella, que reía en el sofá con los ojos brillantes, y se sentó a su lado, dispuesto a hacerse notar. Ella ni siquiera le dedicó una mirada.
Iba a rendirse, cansado de fingir ser fuerte y valiente, pero entonces pensó en la cara que pondría Greg en su próximo encuentro. Le restregaría su cobardía por la cara, se reiría, incluso puede que le propinase una colleja.
Se armó de valor entonces y se acercó a ella, dispuesto a hacerse oír por fin, pero de pronto sintió como si perdiese el pie y cayese por un agujero muy estrecho y profundo. Desapareció ella, el sofá, el salón entero, y todas las luces y ruidos de la ciudad fuera, más allá del balcón.
No sintió nada durante el descenso; fue como si su mente se vaciase y sólo fuese capaz de disfrutar de la sensación de que la tierra le succionaba, de que el viento trataba de agarrarle, pero no tenía fuerzas suficientes y le dejaba caer a los siguientes brazos etéreos que lo intentasen y de nuevo fallasen.
Pero entonces golpeó el suelo, y su cuerpo hizo un ruido realmente extraño. No fue un “crack” ni un “pum”, fue más bien un abanico de sonidos de platillos, bombos y teclas de piano; una orquesta chocando contra el terreno.
Se levantó, se sacudió el polvo que se había quedado adherido a su ropa y miró alrededor. El agujero negro se alargaba en un estrecho túnel oscuro hacia ninguna parte. No tenía ningún otro lugar adonde ir, así que emprendió la marcha por el siniestro corredor.
Caminó y caminó hasta que sintió que las piernas pedían un descanso, y entonces se dejó caer al suelo polvoriento; tampoco tenía nada mejor que hacer que descansar. Cerró los ojos y se concentró en el sonido de su corazón. Sonaba como un tambor enloquecido – boom, boom, boom, una, y otra, y otra vez –. Se preguntó si alguna vez se cansaría y se tomaría unas vacaciones para después volver y encontrárselo todo muerto.
Entre aquellos extraños pensamientos, una luz amarillenta atravesó sus párpados y los abrió, entrecerrándolos después por la excesiva luminosidad que había tomado aquel mundo. Se sentó sobre la arena que ahora cubría el suelo y contempló un amanecer estrafalario, con un sol negro que se escondía y una luna amarilla verdosa que se alzaba en el horizonte. Le pareció que el astro verdoso se jactaba del oscuro, sonriéndole con suficiencia. Tal y como Greg solía hacer.
Greg. ¿Dónde estaría él ahora? Tenía que enseñarle aquel lugar tan extraño. Seguro que le fascinaría y daría a pie a infinidad de cavilaciones estrafalarias de su excéntrica mente.
Algo empezó a tirarle de la camisa y se giró. Allí había una pequeña esfera morada que llevaba a cuestas infinidad de objetos pequeños y extraños: una taza de café en la que estaba escrito “HOY ES LUNES; DISFRÚTALO, NENA”, un zapato de tacón, una letra “a” minúscula bajo el cobijo de una “A” mayúscula, un frasco de perfume caro, un alfiler, una seta roja y blanca, una palabra subrayada, una flor mustia...
Alargó la mano hacia la flor, que parecía haber sido bonita antaño, pero algo le pellizcó y le hizo retirarla. Enfadado, tiró del alfiler para ver bien lo que cargaba con tantas cosas, y vio que se trataba de un ojo vivaracho y curioso, de color negro y mirada inquieta, y que el alfiler era sólo una de tantas pestañas rectas y pinchudas.
Una de las pestañas se clavó en su dedo y le hizo soltar al ojo, lanzándolo lejos de si. Él comenzó a correr gracias a unos pies enormes y feos, con las uñas pintadas, que le daban a su andar un aire de pingüino.
Iba a levantarse cuando una ola de ojillos maliciosos surgió de la nada y se lanzó sobre él, las pinchudas pestañas por delante. Se encogió sobre si mismo mientras recibía miles de pinchazos por todo el cuerpo, y tuvo miedo, miedo de aquellos ojos que le miraban con desprecio.
Pero, entonces, una ráfaga de viento se llevó a todos los ojos con todos sus alfileres, setas, tazas, palabras subrayadas y demás. Él se quedó allí tendido, respirando con dificultad y temblando, durante unos minutos, pero luego oyó un murmullo y alzó la cabeza.
Allí había un ser muy extraño, aunque nada se lo parecía allí. Tenía cuerpo de cebra y una cabeza grande y abultada, en ella una caricatura de rostro humano con ojos pequeños una redonda nariz.
– Gracias – susurró él. Su voz sonaba extraña allí, como si estuviese hablando a través de un micrófono de mala calidad que fuese perdiendo energía a medida que hablaba.
El ser abrió una boca exagerada y llena de hileras de dientes blancos y cuadrados hasta donde alcanzaba la vista, cogió aire y soltó una serie de pitidos insistentes y molestos.
Él se tapó los oídos, trató de huir del sonido, pero éste acabó venciéndole, y una fuerza sobrenatural tiró de él hacia el cielo, donde la luna verdosa aún reía, medio desdentada, y el sol negro se alzaba más y más con expresión resignada en su faz.

martes, 24 de enero de 2012

What the fuck...?


How did I get here...?
How did I get to love this...?
Me, that I was a weirdo...
Me, that I used to cry for hours

How did I get here,
and why isn't it enough?

............................................
1.

– Lo ha vuelto a hacer.

Greg asintió y esbozó una mueca de suficiencia.

– Te lo dije, ¿no es cierto?

Él torció la boca; detestaba que siempre tuviese la razón y que siempre se lo restregase. Habría dado cualquier cosa por haber podido tener la oportunidad de vivir aquello, aunque sólo fuese una vez.

Pero la suerte sólo sonreía a su camarada, nunca a él.

– Don, ¿te lo dije o no? – instó Greg.

– Sí, sí, me lo dijiste, y tenías razón – respondió él, a regañadientes –. Sabes que odio que hagas eso.

– Y sabes que por eso precisamente lo hago – sonrió Greg.

Donnie resopló. Debería empezar a buscarse amigos nuevos, amigos con menos fortuna que él, menos inteligentes, menos agraciados. Amigos que no le restregasen por la cara lo idiota que era.

– Bueno, pues no necesito que nadie más me trate como si fuese basura, ¿de acuerdo? Con una persona así en mi vida es más que suficiente.

Se levantó, dispuesto a irse en la busca de un amigo más desgraciado que él, pero Greg le retuvo.

– Eh, tío, espera – dijo –. Cuéntame, ¿qué ha pasado esta vez?

Él le miró, como considerando si merecía o no saberlo. Finalmente, suspiró y se dejó caer en el taburete de nuevo. Ladeó la cabeza y miró el letrero con luces que brillaba en la pared, que decía “Nowhere man” en honor a los Beatles. Una de las luces titilaba, como a punto de apagarse. Donnie llevaba mucho tiempo yendo a aquel lugar, y aquella luz nunca se había apagado o sido reemplazada.

Ladeó la cabeza, buscando las palabras que decir.

– Estábamos cenando. Bueno, ella por su lado, y yo por el mío, como siempre.

– Sí, siempre ha sido muy independiente. Cosa mala – gruñó Greg.

– Pues eso; ella estaba en el salón cuando le llamaron al móvil.

Se quedó en silencio unos instantes, sólo para crear expectación.

– Lo cogió y se puso a hablar de ese modo... Ya sabes, como cuando hablaba conmigo antes de casarnos.

– ¿Quieres decir... sonriendo, mirando al infinito y jugueteando con un mechón de su pelo?

– Exacto – suspiró él.

Greg soltó un suspiro exasperado.

– Esa maldita zorra – gruñó.

– N-no nos precipitemos – se apresuró a decir él –, quizás la haya malinterpretado, quizás me esté volviendo excesivamente paranoico...

Greg le miró de nuevo con ese aire de suficiencia y compasión.

– ¿Y con quién hablaba, si no?

– Puede que... con su madre – murmuró él, aunque sabía que era la excusa más pobre que podría haberse inventado. Por algo era una improvisación. “Nunca improvises”, solía decirle su padre, “prepara las excusas con antelación, o tu mujer se te comerá vivo. Créeme; es la única manera de sobrevivir al matrimonio”.

Pero Greg no era su mujer, y ninguna excusa, por bien formada que estuviese, era válida con él, y menos aún aquella bazofia.

– Su madre – se jactó –, claro, cómo no. Vaya, visto eso, quizás deberíais poner una foto de tu suegra en el dormitorio, visto lo visto...

– No sigas – cortó él, previendo un final obsceno o insultante de la intervención de su camarada.

– Está bien; si tú averiguas a quién llama con tanto... interés.

– No le llamó ella... – empezó él, pero, al ver la expresión en la cara de Greg, guardó silencio.

Se disponía a marcharse cuando Greg le llamó, esbozando una torva sonrisa.

– Don.

– ¿Sí?

– Nunca se es demasiado paranoico.

viernes, 20 de enero de 2012

Ain't no grand solution, just a cockroach revolution!



Yo nunca fui a la Universidad.No quería formar parte de esta farsa, de este montaje global. La vida es demasiado preciosa para perderla imitando las vidas de los demás. Si hubiese sido una persona normal, habría estudiado durante veintitantos años sin aprender nada, después habría buscado trabajo, me habría comprado una casa, un coche, me habría casado y tenido hijos, habría engañado a mi mujer y habría muerto como uno más.Pero no quise. La gente me decía que era arriesgado no seguir el camino señalado, que había que seguir las huellas de los que habían vivido antes que yo, que acabaría tirado en la calle pidiendo para poder drogarme y así evadirme de mi triste y desastrosa vida.
Pero eso no fue lo que pasó.
- Y ahora estás encerrado en un psiquiátrico.
- Ya, es un pequeño fracaso para mí; es lo menos original que he hecho en mi vida. Un triste final... ¿no crees?

lunes, 16 de enero de 2012

I don't know how you vere inverted.



Los dieciéis años son una buena edad para dejar de creer en tonterías.
El cerebro, se supone, está bulliendo de hormonas, paranoias y opiniones influenciadas por terceras personas, y hay una demencia adolescente tiñéndolo todo de colorines. No obstante, se supone que a esa edad ya hay una determinada visión del mundo mínimamente realista; se ha superado la infancia - a la cual se añora con toda el alma, a la par que se ve lejana cual estrella -, se ha pasado por ciertos baches y desilusiones, que han dado el punto de pesimismo, a veces excesivo, a la maravillosa tierra de colores e ilusión que se ve como el mundo en la infancia.
Los dieciséis años son, pues, una buena edad para dejar de creer en tonterías, tales como dragones, magia, fantasía e ilusión, felicidad. Se supone que ya somos mayorcitos.
Se supone...
Mejor esperamos hasta los diecisiete, ¿sí? Me parece una edad mejor... más... impar... más adecuada... a los dieciséis aún se es joven...

jueves, 12 de enero de 2012

I have a problem that I cannot explain.



Intento seguir el hilo de mis pensamientos deshilachados y me pierdo. ¿Dónde demonios estoy? Qué frío hace aquí...
Es un sitio oscuro, sólo hay un caminito de líneas de luces de colores - de tooodos los colores del mundo - que me guían en mi caminar. ¿Dónde estará la salida?
No sé cuánto tiempo llevo caminando, quizá días, horas, años. Cuando estoy tan cansada que quiero arrancarme los pies tropiezo con un candil junto al que hay una nota.

"Querida Kolpix:
Probablemente no te acuerdes de este lugar, porque hace años que lo abandonaste. Te gusta ser fatalista, pesimista, pensar que el mundo es una mierda. Tu error fue pararte a pensar un buen día; pensaste tanto que lo viste todo negro. Pero si estás aquí, significa que eso ha cambiado... que hay una luz al final del tunel... miles de luces de colores..."

sábado, 7 de enero de 2012

I felt like a kid

...and I liked it...




Se acabó, señores. Maldita sea, se acabó la Navidad. No sólo me dan ganas de llorar porque se acaben las vacaciones - de hecho, si lo pienso, en el fondo volver a clase no me parece tan horrible, salvo por una recuperación de la que no he hecho NADA y aquello de madrugar... ains... -, sino porque estas navidades, con las comidas en familia y tal... me he sentido como cuando tenía diez años. Y fui feliz. Me gustó ser una niña pequeña otra vez.
Pero se acabó, y ahora hay que fingir que soy una persona madura y seria, con la cabeza bien amueblada. Cuando, en realidad... mi cabeza está en las nubes, y tiene unos muebles muy raros y mal situados, con estampados extraños, que no pegan entre sí...

Bueno, ya he desvariado lo suficiente.

Sed felices en este "último año" - en serio, ¿os lo creéis? bueno, cada cual... -. Sea o no el fin del mundo... todos vamos a morir. Que no se os olvide. No lo digo para que os deprimáis, sino para que disfrutéis de la vida. Hala.

Las canciones... son de mi infancia. Aunque estén en inglés...


¡Feliz... vida!

martes, 13 de diciembre de 2011

While my guitar gently weeps.



Cuando era pequeña, tenía una orquesta en la cabeza. Había guitarras, pianos y baterías en abundancia, violines, e incluso varios vocalistas. Tocaban las veinticuatro horas del día sin descanso, y eran buenos, muy buenos. Llenaban esos vacíos en que no quería pensar o no sabía qué decir. Llenaban esas clases en las que no atendía. Llenaban las tardes de lluvia encerrada en casa, y ponían banda sonora a cada momento.
Tocaban de todo: música que conocía, como Queen, Dire Straits, The Beales, y otros - tuve una infancia de buena música, gracias, papá -, pero también cosas abstractas, inventadas, sin nombre.
Cuando aprendí a usar el ordenador comencé a recopilar las letras de esas canciones, pero, como no sabía tocar ningún instrumento, aquello jamás podría salir de la memoria de mi ordenador, de mi cabeza. Aun así, cada canción estaba perfectamente planificada, de principio a fin, con solos y todo - estaban escritas en un inglés pobre; era pequeña e inexperta -.
Hace un par de años o tres, aprendí a tocar la guitarra, y algunas de esas canciones pudieron ser interpretadas ante un público imaginario, pero muy pocas. Me olvidé de todas ellas y comencé de cero, con mi inglés bastante mejorado.
Pero sigue habiendo canciones que la banda de mi mente toca sin saber qué está tocando. Por ejmeplo, hace un par de meses me compré un teclado. Lo primero que hice con él fue sacar una pequeña melodía que compuse en mi mente hace tantos años que ni me acuerdo. Se la enseñé a mi madre y le dije "mira, mamá, esta canción la compuse hace años", a lo que respondió: "Pero si acabas de empezar a aprender a tocar el piano...". Yo respondí "pero es que no la compuse en un piano; la compuse en mi cabeza".

Curioso.

Sed felices.

sábado, 26 de noviembre de 2011

I don't give a DAMN about my reputation!



Esto va a sonar a típica entrada de típico Blog de típica adolescente imbécil e indignada con el mundo, pero ¿a quién le importa? Tengo dieciséis años, creo que eso me da derecho a indignarme de vez en cuando con el prostituto mundo en el que me ha tocado vivir.
Ojalá hubiese un poco de jodida libertad en el mundo, ojalá. Que si no te controlan tus padres te controlan tus profesores, o tus compañeros de clase (indirectamente, con las típicas miraditas de "no me gusata como vistes", "por Dios, péinate mejor, alísate el pelo o algo", te están controlando) o cualquier gilipollas integral que se cree con derecho de decirte qué hacer sólo porque es adulto y "experimentado", "que ha vivido mucho" y tú eres un "estúpido adolescente que no sabe nada de la vida"...
Pues, ¿sabes qué? Que siento decir tacos, pero que se joda el mundo. Soy como soy, y si he obrado mal, ya será el karma, Dios, el universo quien me castigará, así que deja de tocarme las pelotas, déjame ser como soy y vive tu vida, chaval, que yo me ocuparé de vivir la mía.


Conclusión: jamás me había sentido tan adolescente como hoy (je, je).


Sed felices.

sábado, 8 de octubre de 2011

Poison Oak part two


1

Polly cerró la puerta tras ella y miró a Gabriel con gravedad. Él respiraba con dificultad y se había llevado las manos a la cabeza, y tenía los ojos muy abiertos, como si tratase de capturar la máxima cantidad de imágenes posibles antes de que la tragedia sucediese.

Polly se acercó a la cocina a por las pastillas, mordiéndose el labio inferior, preocupada. Sabía perfectamente dónde estaban; no era la primera vez que se las daba. No sabía cuántas necesitaría, por lo que cogió el bote entero y se acercó a él.

No tenía buena pinta; estaba medio agachado, de espaldas a ella, y su pecho se hinchaba y deshinchaba rápida y entrecortadamente. Le puso la mano en el hombro. Él estaba temblando como un flan, así que se apresuró a sacar una pastilla del bote.

– Gabriel – dijo –, toma…

Él giró bruscamente, tanto que tiró el golpe de pastillas abierto al suelo. Polly le miró a los ojos y vio que ya no enfocaba la mirada y sus pupilas se movían frenéticamente, tratando de aferrarse a la luz.

– ¿Puedes verme? – dijo ella.

– N… no… sí. Un poco… – su voz se quebró, llena de angustia, y se llevó las manos a la cara.

– Gabriel…

Ella intentó abrazarle, pero él la rechazó.

– Polly, no… vete.

Ella bajó los brazos, suspirando.

– ¿Cómo dices…?

– Quiero que te vayas, ¿estás sorda?

Polly no podía creérselo. Llevaba dos meses cuidando de él, apoyándole cada vez que sufría una crisis, ayudándole cada vez más a medida que iba perdiendo la vista. Sabía que él era algo arisco y difícil, que tenía mucho carácter, y que llegaba a ser hasta huraño a veces, pero siempre se había mostrado diferente con ella, agradecido. Pero, ahora…

– No pienso irme. He pasado a tu lado… meses… soportando todo esto, y no puedes echarme así.

– Polly, te he pedido que te vayas, no que me cuentes tu vida, así que sólo lárgate.

– ¿Cómo puedes ser así? Me debes… ¡me debes muchísimo!

– ¿No debería ser yo quien dijese eso?

Polly se llevó las manos a la cabeza, intentando encontrar algo racional que decir entre las palabras que se arremolinaban, desordenadas, en su cabeza.

– ¡Eres, eres… idiota! ¡Deja ya de intentar alejar al mundo de ti, esto no es un concurso de a ver quién es más tozudo así que deja ya de ser así de… masoquista!

Él apartó las manos de su cabeza y gritó:

– ¡Polly, cállate de una vez y déjame solo! ¡Estoy harto de ti, te he soportado porque… no sé por qué, pero ya me he cansado así que lárgate de una maldita vez!

Le miró. La cara de ella estaba teñida de tristeza, sus ojos llorosos. Entonces, ella asintió, dejó la pastilla que aún tenía en la mano sobre una mesa y se marchó, cerrando la puerta de un portazo tras de si.

Fue lo último que vio él en su vida.

Se dejó caer al suelo, temblando, y se hizo un ovillo en una esquina. Al fin había llegado, tras meses de agonía a la espera de que finalmente sucediese; allí estaba el mayor de sus demonios, había llegado oportunidad de encararlo por vez primera.

Y, por fin, allí estaba, y estaba, por fin, solo.

Se dejó caer al suelo, lleno de angustia por no poder ver ni tan siquiera una rendija del mundo, por el saber que tendría que enfrentarse al demonio, al que tanto había temido desde que supo que existía y que había esperado, pacientemente, a hacer su aparición, cada día durante el resto de su vida.

Olía a café, y escuchó el sonido de la cafetera rebosante en la cocina, acompañado por el sonido agitado de su propia respiración.

No, ésa no era su respiración. La suya sonaba más tenuemente y más lenta. Aquella era demasiado rápida y profunda…

Hubo un sonido de algo duro chocando contra el suelo, y la respiración se acercó, tanto que podía sentir un aliento en la cara. Deseó poder ver lo que tenía delante, quiso alargar la mano para saber qué era, pero estaba tan asustado que sus brazos no le respondían, así que se quedó quieto, esperando a que algo sucediese.

Entonces, se oyeron los mismos ruidos contra el parqué y la respiración se alejó hasta desaparecer.

Permaneció allí un lapso de tiempo que le pareció eterno. Entonces, se levantó, lentamente, apoyándose contra la pared. Caminó con los brazos extendidos para no chocarse, aunque tropezó en varias ocasiones, hasta la mesita donde estaba el teléfono.

Entonces, oyó otra respiración, esta vez a la altura de su nuca. No era Polly; no olía como ella, sino que tenía un olor extraño, como de hierba recién cortada y tierra húmeda… Notó que algo – ¿unos dedos, tal vez…? – suave y frío le rozaba la nuca…

Se quedó muy quieto, esperando algo, pero, de nuevo, la respiración desapareció, esta vez acompañada con un sonido de pasos.

Descolgó el auricular del teléfono. Le costó concentrarse en los números en relieve para marcar, pero al final lo logró, y no tardó en escuchar una voz al otro lado de la línea.

– ¿Hola? ¿Quién es?

– ¿Mamá? – murmuró él.

Se produjo un breve silencio. Gabriel pudo imaginarse a su madre apretando los labios, sorprendida.

– Gabriel.

Él tragó saliva y respiró hondo. Hacía mucho que no hablaba con su madre, y había muchas cosas que se moría de ganas por decirle, pero la angustia de estar sumergido en la oscuridad le impedía pensar con claridad, y todo lo que pudo hacer fue tratar de que su voz no sonase temblorosa al hablar.

– Mamá, ha sucedido.

Introducción a una entrada (AKA "Posion Oak part One)

Estoy
BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN.

Discúlpenme, lo necesitaba. De corazón.
Hablaré sin muchos rodeos, porque me apetece "crear".
Estoy MUY a gusto en el instituto, MUY a gusto entre mis amistades, y definitiva y simplemente, todo me va de puta madre (perdón, es lo que hay).
Así que, sí, Greg/Rita/Kolpix/quiensea, está genial aunque tenga que levantarse a las siete y media de la mañana día sí, día también, hasta el siempre cojonudo fin de semana.
Hala, ya está de crónica de mi vida, que no soporto hablar de mí misma.

El texto que van a leer a continuación no es más que un fragmento de algo en lo que estoy trabajando. Nada oficial, sólo un comienzo... a ver qué tal.